Se dice que nada hay más grande que la sonrisa de un niño con la que ellos buscan su acogida y un mayor le contesta con otra sonrisa dando su aceptación, así se inicia la educación y esa reciprocidad de ligación que va a durar mucho tiempo. El pequeño espera integrarse en el grupo, para ello se esfuerza en aprender un lenguaje, lo primeros balbuceos se limitan a repetir las palabras oídas, más tarde aprende comportamientos, incluso con la docilidad de la obediencia. El mayor se esfuerza en enseñarle, mostrándole cosas nuevas y corrigiendo errores, se presenta como persona avezada en las normas establecidas por el grupo en el que se integrará un día el niño.

Educación y enseñanza son dos funciones que van imbricadas y en un principio difícilmente discernibles, así lo entiende tanto el niño que va adquiriendo habilidades al mismo tiempo que hábitos; así lo concibe el adulto que se esfuerza en orientarlo en adiestramientos como en comportamientos, valiéndose de su intuición más que de conocimientos percibidos porque en el nuestro fuero interno está querer educar mejor que lo que nosotros fuimos educados, por esta razón poco de lo anterior nos sirve. Esta sobrevaloración de uno mismo encierra el deseo de reproducirse en el niño, y cuando éste llegue a mayor le consideraremos un legado logrado que tratamos de dejar, una obra acabada que perdurará más allá de nuestro tiempo.

Son inclinaciones que se repiten por instinto, no reconociendo que nosotros no hemos sido idénticos a nuestros progenitores y que en nuestro resultado se haya una herencia de los que hemos recibido y de lo que por nuestra cuenta hemos adquirido. En cualquiera de los casos, en una educación, aunque sea deficiente, hay muchos aspectos positivos que se trata de mejorar en el proceso que vamos creando de ser receptores a ser sujetos emisores de esa educación. Pero también, y en cualquiera de los casos, una educación es corregible, no estampa un sello tan indeleble que no se pueda reorganizar. En el hombre está ese continuo devenir, continuo corregirse hasta llegar a ser humano. Como dice F. Savater, nacemos humanos, pero no basta: tenemos también que llegar a serlo.

En la función educativa ya sabemos lo que pretende el adulto al trasmitir sus conocimientos, es una proyección corregida de sí mismo, sin que nunca se logre. El niño es un elemento receptor, todavía incapaz de discernir, por lo tanto de seleccionar, pero busca contagiarse de lo humano para introducirse en el grupo, bien como una autodefensa o como una autorealización. Quedan así enmarcados dos papeles diferentes: el educador que espera su propia proyección  en el alumno; y el del alumno que busca ser recibido en el grupo a través de asumir las indicaciones que le trasmite el educador. En uno u en otro caso, la autonomía del alumno se verá muy afectada, puesto que nadie nace enteramente libre e independiente. El ámbito familiar y el ambiente confinan tanto a la persona como lo hace el sustrato físico con el que viene al mundo.

Sin embargo, la persona conserva durante toda su vida el deseo de inspeccionar y tantear su entorno, mantiene un afán insaciable de aprender hasta sus últimos días. Nace para acrecentar sus facultades, entre cuyas facetas se encuentra la libertad. Surgen, así y a veces, algunos conflictos entre el educador y el educando, dos tendencias distintas de intereses a los que hay que poner límites de acción. Conviene recordar aquellos versos de Kahlil Gibran que tanto rechinan porque parece que nos arrebata algo querido, pero que decían:  

                                               Puedes esforzarte en ser como ellos,

pero no procures hacerlos semejantes a ti

porque la vida no retrocede,

ni se detiene en el ayer.

Uno de los primeros ejercicios que tiene que hacer el educador es reconocer a quien es el objeto de su educación, con su identidad. Es frecuente querer lanzarlo a las estrellas en ese afán de pretender que supere límites, pero el niño también se encuentra con sus dificultades y con sus inclinaciones, a veces distintas.

En segundo lugar, es importante en una educación no sólo asegurar la transmisión del conocimiento, sino también ofrecer una instrucción de los valores morales necesarios para la integración en la sociedad, incluso una información y aceptación de la variedad, desarrollando un espíritu crítico para dejar la posibilidad al alumno de someter a su reflexión y criterio personal cada una de esas diferentes concepciones. Imponerle un pensamiento, por muy acertado que sea, es entregarle un pez; darle criterios y despertar en é la crítica es enseñarle a pescar. Proseguía los versos:

Puedes abrigar sus cuerpos,

pero no sus almas, porque ellas,

viven en la casa del mañana,

que no pueden visitar

ni siquiera en sueños.

 

Podemos pensar con ellos, pero no por ellos ni que ellos piensen a través de nosotros. Los niños son alguien distinto y aunque sean próximos, no nos pertenecen:

                               Tus hijos no son tus hijos

son hijos e hijas de la vida

deseosa de sí misma.

 

Siempre que he oído estos versos me suenan a golpes de martillo que quieren enderezar sobre el yunque un hierro torcido, me quitan un sentimiento profundo pero sé que no tengo derecho más que a lo que señala el poeta y convertirnos en

                        el arco del cual, tus hijos o alumnos

                        como flechas vivas son lanzados.

                        Deja que la inclinación

                        en tu mano de arquero

                        sea para la felicidad.

Hay 3 comentarios en este post

Imagen de Pablin

RE: Lecciones de unos versos

Hola Santos!!

Tras leer estos versos y tus palabras vienen a mi memoria las palabras del director de tu instituto cuando el año pasado me repetía insistentemente y apreciando lo mucho que vales, que no te dejásemos escapar :) Muchas gracias por compartir con nosotros tu sabiduría en este blog.

Me ha encantado tu artículo, sobre todo lo de la proyección corregida de si mismo (sin que nunca se logre)... sencillamente genial!!

También me has hecho recordar las veces que al impartir un taller me encuentro algún docente que me pregunta "¿Te importa que me marche?". Estoy completamente de acuerdo en la necesidad de la instrucción de unos valores morales y un espíritu crítico. Desde mi corta experiencia como educador cada vez estoy más convencido de que la juventud busca constantemente referentes en los que mirarse en las personas de su entorno, y sin duda, ahí debemos estar todos nosotros al borde de este abismo que la sociedad está creando, para tirarnos sin cuerda si es necesario cada vez que alguien se tire, se caiga o le empujen; o incluso, para lanzarnos los primeros.

Un fuerte abrazo y gracias por tu inspiración. Pablo

Enviado el 03.12.2009 a las 03:47

Merece la pena intentarlo

Merece la pena dejar que la generosidad, el altruismo, el cariño, sea lo que alimente el deseo de acompañar a los niños, a esa buena gente, en su camino, para que sigan siendo buena gente.

Enviado el 03.12.2009 a las 10:39

Hola Santos, solo te escribo

Hola Santos, solo te escribo para darte la enhorabuena por lo que has escrito, creo que el texto es una maravilla y una cura de humildad para todos los y las  semidiosas que vagan por las aulas y por el mundo.

Gracias por trasmitirnos esa sabiduria basada en el respeto.

 Creo sinceramente que deberias escribir algo mas largo sobre esta temática e incluso publicarlo, las librerias están faltas de conceptos educativo forjados a fuego por la lucha del dia a dia.

Espero que te animes y sobre todo que no dejes de regalarnos estos minutos de reflexión, de puesta en la tierra y de bajada de ego.

Muchisimas gracias maestro!!!!

Enviado el 04.12.2009 a las 12:29

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